1 (modificado por Jordi C. 28/12/2020 22:24)

Memorias de ansiedad. Cuento de Navidad

En la noche de Navidad han desaparecido de la mesa del comedor de casa un par de cajas de Anafranil (pastillas manipuladoras de la serotonina y la norepinefrina, dos neurotransmisores) que habían permanecido ahí, frente a mi silla, durante diecisiete meses seguidos. Comparadas con las que había estado tomando el año anterior para combatir mis ataques de ansiedad y depresión, de nombre Citalopram, las que ahora han desaparecido de la mesa son pura gloria, y sus más incómodos efectos secundarios se ubican en el aparato digestivo; pero, en lo que atañe a la cosa mental, tienen un carácter ciertamente pacificador y pacífico, sin punto de comparación con el otro psicofármaco, ese Citalopram de infausto recuerdo que las precedió durante el año anterior y que también frecuenté cinco años antes con ocasión de la primera oleada de mi trastorno, cuando celebré (por así decir) mi sesenta aniversario y, al mismo tiempo, ejercí de presidente de la comunidad de propietarios en una primavera cuyo intenso régimen de lluvias propició todo tipo de inundaciones en la finca, lo cual coadyuvó de modo importante a mis ataques de ansiedad.

El Citalopram, fármaco también manipulador de la serotonina, pero mucho más manipulador —prescindiré de términos técnicos, que no entiendo—, era una pura locura, no quiero recordarlo. Y pese a todos los sufrimientos que me ocasionó, espantosos sufrimientos que no deseo ni a mis peores enemigos —y que me llevan a preguntarme por las razones de que aún no haya sido elegido como instrumento de tortura biológica por algún servicio secreto—, terminó por conseguir resultados en la primera oleada, de modo que mis compulsivísimas angustias y ansiedades se esfumaron al cabo de un par de meses de tratarme con él, y recuerdo que, sinceramente agradecido, le anuncié con énfasis a mi psiquiatra que "volvía a sentirme persona". ¡Qué frase! Y, sin embargo, en ese momento fue completamente verdad para mí, lo sentí de ese modo; hasta ese punto me tenía sometido y destrozado mi trastorno ansioso, angustioso y depresivo.

No ocurrió lo mismo en mi última oleada de ansiedades y angustias, la que empezó en los meses anteriores a mi jubilación y se prolongó durante medio año más entre temblores, sudores y terrores: esta vez el psiquiatra que tan genial me había parecido cinco años antes cosechó un tremebundo fracaso recetador, y las angustias que, lejos de remediarse o moderarse como la vez primera, se habían ahora intensificado notablemente por efecto del Citalopram, las quiso apaciguar con más psicofármacos, en concreto con Diazepam, el famoso Valium de las estrellas de cine, que el personaje interpretado por Lauren Bacall se gloriaba de hacer pasar con un whisky, en concepto de restaurador piscolabis de media mañana, en una película en blanco y negro cuyo título he olvidado. Me dijo el psiquiatra: "Si el Citalopram te sigue sacando de tus casillas y causándote sudores, angustias y excitaciones sin cuento ni medida, tómate un Diazepam, dos a lo sumo si ves que no es bastante, pero tres ya no, porque podrías acabar ingresando de urgencias". No me pidió que acompañara la pastilla con un trago de whisky, ginebra u orujo, eso no.

Tan tranquilizadoras fueron las indicaciones del psiquiatra, sin duda, como los prospectos de Citalopram, que insisten por activa y por pasiva en que el medicamento puede empeorar el estado del paciente en las cuatro primeras semanas, y hasta llevarlo al suicidio, por lo que recomiendan a los trastornados que se hagan observar a menudo por algún pariente, no sea que se lancen por el balcón en el momento menos pensado. ¡Así se quitan responsabilidades de encima, con un "no se nos queje ni nos ponga demandas, que ya le habíamos advertido"! Y tiene gracia, por así decir, que en algún artículo de prensa que leí hace tiempo se calificara al Citalopram de "fármaco de la felicidad". ¿En qué piensan los periodistas?

De modo que el Diazepam no llegué a tocarlo, ni con whisky ni sin whisky, qué espanto; en cuanto al Citalopram, aún fui capaz de soportarlo durante dos o tres meses más hasta que por fin me decidí a dejar a ese psiquiatra, que venía incluido con mi mutua privada, y pasarme a la Seguridad Social, pese a mis temores respecto al saber psiquiátrico de la sanidad pública, sobre todo desde la temprana experiencia de una doctora de familia que, tras mi primer ataque de ansiedad desbordada, en aquel año de mi sesenta aniversario y de las inundaciones de la finca, en vez de enviarme al psiquiatra —supongo que obedeciendo órdenes, con el fin de no sobrecargar el presupuesto— se empeñó en tratar mi trastorno con dosis masivas de ansiolítico, en concreto del llamado Alprazolam, otra de las famosas "benzos", por suerte más suave que el Diazepam; y que me dejó prácticamente fuera de combate durante tres largas semanas. Las mismas semanas, sea dicho de paso y sin ganas de criticar a nadie, en que a la Plataforma de Afectados por la Hipoteca se le ocurrió protestar frente a la agencia bancaria que hay al pie de mi casa con tambores, timbres y trompetas durante doce horas seguidas, PAH, PAH, PAH, cada día excepto sábados, domingos y festivos. Ahí sí que estuve a punto de tirarme por el balcón.

Habiéndome reincorporado a la sanidad pública, pues, me trataron dos estupendas y maternales doctoras, una de medicina general y una psiquiatra, que tuvieron a bien visitarme todo el tiempo que fue necesario y sin precauciones ahorrativas de ningún tipo. La psiquiatra —de nombre Carmen, pero a quien oí que un colega del centro de atención primaria se refería como "Carmenchu"— me recetó Anafranil, un medicamento que, según leí en la Wikipedia, se había empezado a recetar masivamente en los años setenta del siglo pasado para tratar el TOC (trastorno obsesivo-compulsivo), a instancias del doctor López Ibor, famoso psiquiatra de la época franquista.

Dije antes que el Anafranil me pareció una psicopastilla francamente pacífica y pacificadora, y que tenía escasos efectos secundarios; claro es que yo no pasé de una dosis modestísima, la mitad de la prescrita por Carmenchu, que ya era en sí una dosis muy baja, pero que consiguió sus primeros resultados en el tratamiento de mis ansiedades, depresiones y compulsiones de terror y angustia en tan solo dos o tres semanas; antes, mucho antes de que sus efectos secundarios sobre mi aparato digestivo (revuelto en sus diferentes niveles), mi garganta y mi boca (permantemente secas) y mi capacidad de concentración (disminuida de modo notable) se convirtieran en un fenómeno preocupante —y por tanto causante de más ansiedad. Yo tomaba entre 10 y 30 miligramos diarios, pero hay personas a quienes les llegan a recetar hasta 250 miligramos. No quiero ni imaginar cuan pacíficos y pacificadores pueden ser los efectos del Anafranil a esas dosis, y esto también hay que decirlo.

Tras diecisiete meses de tomar esta pastilla, ora incrementando algo la dosis, ora reduciéndola, me he visto con el valor suficiente para retirar de la mesa del comedor —definitivamente, según espero—, el par de cajas de Anafranil que tenía ahí para servirme de ellas en las comidas.


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"Preferiría no tener que hablar". Confucio